jueves, 9 de noviembre de 2017

With or with out you - U2

Ay amores que tienen mucho de definitivo; que llegan de manera misteriosa para instalarse en nosotros y no irse más, que ocultan mensajes que reconocemos aunque no los entendamos, o que entendemos, aunque no los reconozcamos, que tienen el mérito de posibilitar catarsis inexplicables e irracionales desde la euforia... o desde una tristeza infinita.

Cuando después de luchar contra nosotros mismos nos rendirnos al sentimiento, ese octubre de hace cuatro años, yo no sabía lo que era el amor, pero aún en la intensidad de aquel beso de escalofriante situación, por todo lo que eso implicaba y lo que se nos venía, supe reconocer un nervio, una pasión y un dolor tan cercanos como igualmente abrumadores. 

Semanas más tarde, sumida en una depresión que me entrenaba para tantas otras, en mi cama, escuchando una y otra vez “With or with out you” de U2, pegada a ese recuerdo. Yo, en trance, oyéndola una y otra vez, como si se tratara de un mantra; y de la situación, sin entender más que lo que sentía, sin creer más que en sus palabras. Yo, en lágrimas de sangre y lamiendo la sal de mis heridas prematuras. 
Una vez más, escuchar “no puedo vivir, con o sin ti no puedo vivir” era demasiado fuerte para un alma en pena como la mía, que acababa de perder entonces y por vez primera a un amor y por obra y gracia de él mismo.

Tiempo después, buscando interpretaciones que me ayudaran con la traducción de sus palabras versus sus hechos, en los amigos, encontré un sin número de ellas. Muchas ridículas, otras exageradas. La mayoría, enfocada en cuestiones religiosas (es sabido que él comulga abiertamente con los postulados católicos y que muchos de sus conflictos encuentran su raíz en los evangelios).

Pero a tono con ese viejo postulado que dice que: “Cada quién sabe porqué un amor nos conmueve, emociona y hasta transforma”; comparto y me quedo con una solitaria opinión de alguien que sin caer en la tentación del análisis profundo, simplemente comentó: “Yo creo que tu amor por él sencillamente, resume cuan dolorosa puede ser la existencia de un ser humano”. Y otro agregó: “Decenas de veces te vi en aquellos tiempos sufrir en mi hombro... y cada vez que te retorcías (literalmente) recordándolo, llorabas, llorabas a mares… y yo lloraba contigo”.

El desenlace de la historia no se encontraba en la idea original, pero ya desde los primeros encuentros, él comenzaba a faltar a la verdad, alargando la agonía con un interminable “espérame” luego de una estremecedora sección de llanto.

Ya para febrero, habría respetado casi por completo la ‘literalidad’ de la palabra que nunca dijo, adiós, que con su desaparición de la escena la afirmó. Buscando sus palabras en la traducción de sus hechos. Traducir literalmente despoja a una intención de corazón y del deseo platónico original, por eso trato de acercarme más a la intención que descubro en él que a la rigurosidad del final de los hechos y los resultados. De todas formas, en este caso no fue tan necesario intervenir.

Al final de esta historia, le sobrevuela, junto con el dolor explícito, un halo de misterio que es prudente respetar y que también se identifica (o puede hacerlo) con nuestros propios misterios, con aquellos dolores, tristezas o incluso acertijos que preferimos no revelar, como los que me impulsaron a regresar a él poco tiempo después de ese febrero.

Y ahí estamos, como nunca quisimos, como siempre lo descartamos, pero ahí…
Ya no hay nada que ganar y nada queda por perder.
Pero como diría Bonho: "Con o sin él... no puedo vivir"

Celeste.

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